Todo comenzó en el primer cuarto del siglo XX, cuando los fabricantes de bombillas se unieron y acordaron limitar la vida útil de las bombillas de luz a tan solo 1000 horas; luego los mercadólogos decidieron crear necesidades porque atender las necesidades existentes no les bastaban; la industria automotriz decidió sacar modelos «nuevos» cada año, en esencia lo mismo, pero más bonito; y ahora te sale más caro reparar tu impresora que comprar una nueva.
Así el documental «Comprar, tirar, comprar» nos presenta una realidad que nos pasa desapercibida o que, al menos, no vemos sus consecuencias, no vemos los tiraderos de ropa desechable en Sudamérica y en Europa del Este, los tiraderos de basura electrónica en África ni las islas de basura en los océanos. Las cosas son así, el planeta no es tan grande como queremos creer y le estamos haciendo daño, pero no podemos dejar de comprar cosas que están hechas para ser desechables.
Desde un bolígrafo hasta un automóvil, parece que todo está hecho para que lo uses y en poco tiempo no tengas más remedio que comprar otro. A los bolígrafos les sacas el jugo y te queda una carcasa de plástico inservible; las galletas tienen más capas que una cebolla y una vez que te terminas el ketchup te queda un bote de plástico que va a la basura y seguramente no será reciclado; y en cuanto a las cosas caras, parece que cada vez son más difíciles (si no imposible) de reparar y que están diseñadas para comenzar a fallar en cierto tiempo.
Durante este mes voy a platicar sobre las alternativas no desechables a las cosas que solemos usar y tirar y sobre las cosas que están hechas para ser obsoletas y qué alternativas existen.
