Escuela de ocho a dos, comer, luego clases de inglés, pintura o música, de ahí al karate, TKD o gimnasia, llegar a hacer tarea y todo lo que falte. Así tenemos a los niños ocupados para que no estén de ociosos, porque la ociosidad es la madre de todos los vicios. Tal vez, lo único que necesita el niño para tener una buena vida es pasar el tiempo en casa, con sus padres, haciendo menos, pero haciéndolo mejor.
El movimiento slow, que comenzó como el movimiento slow food, se ha extendido a todos los aspectos de la vida para convertirse en el movimiento slow, la vida lenta. El principio de la paternidad lenta es enseñar al niño a ser feliz, en primer lugar, el niño no tiene por qué hacer tantas cosas, él debe dedicar tiempo a sus obligaciones y disfrutar de esa etapa crítica de la vida que es la niñez. Lo que requiere el niño es dedicar tiempo al juego, a descubrir y aprender a su propio ritmo; debe explorar el mundo y enfrentar sus riesgos, tales como ir al parque y caer de un columpio tal vez; además el niño debe disfrutar y valorar el tiempo con sus padres, cenar en familia, sentirse en paz.
Últimamente he visto niños muy estresados, incluso con problemas de gastritis o colitis, los he visto débiles e inseguros porque en la escuela les encargan demasiadas tareas y encima los padres los llevan a más de una actividad extracurricular, además de que también suelen ser sobreprotectores. Es imposible hacer entender a un padre miedoso que quiere evitar que su hijo fracase o que se lastime, que lo único que está haciendo es que su amada criatura tenga una niñez miserable.
Los mejores recuedos que tengo de mi infancia son de mí en mi bicicleta andando a toda velocidad por el parque, cayéndome y sufriendo raspones, jugando bajo el sol, andando por ahí haciendo vagancias. Aprendí que las heridas duelen pero sanan con el tiempo, que los errores tienen consecuencias y que el mundo es rudo, pero uno puede sobreivir en él sin tener miedo.
