Hubo un tiempo en el que no tenía casi nada, había iniciado una nueva vida, con un nuevo trabajo, solo y sin nada mas que mi ropa y mi computadora portátil y un scooter. Así pues cada vez que salía de casa llevaba casi todas mis pertenencias conmigo, no tenía cuentas bancarias, no tenía deudas y ninguna preocupación. Luego comencé de hacerme de cosas, televisión, muebles, cuenta bancaria y deudas. Ahora vivo rodeado de comodidades, posesiones y deudas, me costaría demasiado trabajo mudarme de casa, a menos que me deshaga de muchas cosas, llevo a cuestas deudas y responsabilidades. Unas por otras, cada ventaja viene con una desventaja.
Supongo que la gran desventaja de no tener casi nada es la dificultad para formar una familia, brindar un lugar seguro y cómodo para los miembros del hogar. Recuerdo que lo primero que compré cuando alquilé un departamento fue un refrigerador ya que debido a la imposibilidad de guardar comida me veía obligado a comer en la calle. Cuando se está solo el no tener casi nada es muy liberador, pero dificulta el formar lazos; en cambio, a la hora de querer establecer un compromiso surge la necesidad de tener cosas, comodidades para proveer un ambiente seguro y confortable, como ya mencioné.
El extremo opuesto es aquel en el que uno se hace de muchas cosas y termina poniéndose grilletes demasiado pesados, llenar la vida de lujos y pasar la mitad de la vida endeudado y pagando impuestos por artículos que ni siquiera se han terminado de pagar. Cuando se vive en la neurosis se suelen comprar cosas que no se necesitan, he escuchado gente que en verdad compra un coche caro para proyectar poder o que compran cosas por impulso, como la relación que suele existir entre el estrés, el insomnio y las tiendas en línea. Hay gente que llega al punto de ser acumuladora, tratando de llenar los vacíos de su vida con objetos innecesarios.
Se puede decir que hay gente que presta toda su atención a las cosas espirituales y que prácticamente abandonan el mundo, como es el caso de los ascetas, que abandonan todo lo material y viven en la precariedad, sin tener acceso a lujos o placeres, ignorando al mundo. Mientras que existen otros que abandonan el espíritu y se entregan a lo material, a las apariencias, dejando de lado la esencia para entregarse a los placeres y las cosas del mundo. Entonces debería existir un equilibrio en el que se viva en el mundo sin entregarse a él, atendiendo el espíritu sin descuidar la carne.
Vivir en el mundo sin entregarse. Tener lo justo para vivir, tener comodidades sin endeudarse, valorar las cosas por su utilidad, elegir los objetos por su calidad y no por su marca. Preocuparse por no ser desagradable, pero no por caer bien, preocuparse por no tener carencias pero no por ser opulento, poder desprenderse de un objeto si este ya no nos es necesario. Eso sería lo más saludable. Ser capaz de mortificarse, pero sin buscar la mortificación; disfrutar los placeres sanos del mundo, pero sin entregarnos a ellos.
