Sobre el progresismo y las tradiciones

El cambio es inevitable y necesario, pero el cambio por el cambio es innecesario y peligroso. Vivimos en una sociedad progresista donde se tiene un desprecio adquirido por lo viejo, lo establecido, por las tradiciones. Tal vez la juventud siempre tiene el impulso por llevar la contra, por ser disruptiva y explorar, sin embargo en las sociedades tradicionales las personas maduran y la razón se termina imponiendo y las tradiciones se preservan; en cambio hoy en día las redes sociales artificiales han contribuido a perpetuar el estado de inmadurez y a la paulatina infantilización de la sociedad.

El progreso correcto consiste en la adopción gradual de nuevas costumbres y tecnologías, dado por una necesidad u oportunidad de mejora, es algo natural que obedece a un fin práctico, bueno cuando tiene un propósito de bienestar. Las tradiciones, en cambio son los vestigios de antiguas prácticas que se realizaban para satisfacer antiguas necesidades que han permanecido por costumbre, pero que tienen una utilidad tan sutil que muy pocos son capaces de ver y menos comprender. Las tradiciones son un contrapeso al progresismo, a esa neurosis de querer cambiarlo todo solo porque sí, nos gusta que el domingo sea feriado, aunque eso sea un desperdicio para las empresas, nos gustan las fiestas decembrinas, aunque para muchos sean producto de una superstición. Las tradiciones son ese freno que nos previene de cae por el abismo del cambio compulsivo.

Aunque, por ejemplo, celebrar la Navidad y el Año Nuevo para muchos no sea más que un vestigio del paganismo o una fiesta que el cristianismo robó. La Navidad nos ofrece un espacio para encontrarnos con nuestros seres queridos, para reflexionar, para encontrarnos con nuestra infancia y tener un poco de ilusión; mientras que la celebración del Año Nuevo nos brinda el espacio para reflexionar y hacer un análisis de nuestras vidas en cara a un nuevo ciclo. Las tradiciones no estorban a la gente de buen corazón, las tradiciones también cambian, lo hacen lentamente, sin embargo no lo hacen solo porque sí.

Las buenas costumbres no estorban a nadie sensato, no veo por qué una mujer debería sentirse ofendida si un caballero le abre la puerta como un acto de cortesía, yo mismo siendo hombre agradezco la amabilidad de quien sostiene la puerta para dejarme pasar. Así mismo, siempre es bueno tomar el séptimo día para reponer fuerzas y pasar el día con la familia, el trabajo jamás se acaba y no importa cuanto se le dé al cerdo capitalista, siempre va a querer más, así que no hay por qué trabajar demasiado, nunca se saciará a la bestia. Las buenas costumbres nos ayudan a preservar nuestra humanidad.

Publicado por Mario Cuevas

Ingeniero, profesor, maestro de artes marciales